LOS MUYAHIDINES DE FRANCO

José Luis Melero, Heraldo de Aragón el 23 de junio de 2011

 

Requetés. De las trincheras al olvido. Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga. La Esfera de los Libros, Madrid, 2011. Páginas: 955.

 

Fueron a la guerra y dieron sus vidas por Dios, por la Patria y el Rey: por un Dios en el que había que creer mucho para tratar de comprender que hiciera oídos sordos a la situación de grave injusticia social en que se vivía entonces en España; por una Patria que los había condenado a ser en buena parte siervos de la gleba y carne de cañón en todas las guerras; y por un Rey al que ni conocían y que sería con toda probabilidad un señorito calavera. Pero carlistas habían sido sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos, sus familias habían ya peleado en la última guerra carlista y aún en las anteriores, y la tradición pesaba mucho: eran lo que habían sido sus antepasados, sin complicarse más las cosas, por respeto a la Iglesia y a sus mayores. Eran casi todos ellos pobres, muchos de familias campesinas de los pueblos de Navarra (pero también del País Vasco, de Cataluña, de Andalucía…) a los que vaciaron casi por completo. En no pocos de éstos se presentó voluntaria la práctica totalidad de los hombres entre 15 y 65 años y hubo que pedirles que al menos algunos volvieran al pueblo para ocuparse de las labores del campo. Hasta los sordomudos se presentaban voluntarios, como aquella pareja de hermanos que llamó la atención por su valentía al oficial del Tercio que la mandaba, que se hacía cruces al ver con qué arrojo permanecía de pie entre el silbido de las balas enemigas, hasta que le dijeron que aquellos muchachos con cara de despistados eran sordomudos y que no oían nada, y los tuvieron que mandar de vuelta a casa. Algunos aún vestían y gastaban patillas a lo Tomás de Zumalacárregui, como Ignacio Baleztena, y parecían sacados de ‘Los cruzados de la causa’ de don Ramón María del Valle Inclán, y todos estaban orgullosos de sus boinas rojas, de sus ‘detente bala’, y de los, a veces enormes, crucifijos que colgaban de sus pechos -como en el caso de Félix Zabalegui, apodado ‘el sargento de Cristo’, que, portando el estandarte de la Virgen de Jerusalén  y al frente de los 40 de Artajona, fue el primero en entrar en San Sebastián- y con los que se lanzaban al combate al grito de ‘¡Viva Cristo Rey!’ Eran en realidad nuestros muyahidines, los encargados en la España de 1936 de hacer la guerra santa. Y es por eso que no les gustaban demasiado ni los falangistas, que no hacían la guerra por Dios como ellos, ni los tabores de regulares llenos de infieles, ni los legionarios, “unos tíos barbudos, tatuados, puteros, borrachos… que habían pasado de África y que les daba igual matar a su padre que a María Santísima”, como recuerda en el libro el carlista de Sangüesa Miguel Arbea. No participaron activamente en la represión como hicieron otros grupos del bando nacional, y después de la guerra apenas tocaron poder ni obtuvieron prebendas: se volvieron a sus pueblos a seguir cultivando la tierra o a seguir siendo barberos (como Juan Vildósola, jefe del Requeté de Orduña) y los privilegios fueron todos para la Iglesia Católica por la que habían luchado, pero no para ellos. Se llevaban muy mal con los nacionalistas vascos de sus pueblos, a los que aún llamaban bizcaitarras, y luego han tenido que aceptar que muchos de sus hijos y casi todos sus nietos hayan abandonado el credo por el que dieron sus vidas y hayan pasado a engrosar las filas del nacionalismo. Esto y muchísimo más, pues el volumen alcanza casi las mil páginas, puede leerse en el libro ‘Requetés. De las trincheras al olvido’, coordinado por Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga y que recoge el testimonio de decenas de carlistas que participaron en la guerra civil española. Muchos de ellos se desilusionaron después, como Jaume Balcells i Masgoret, voluntario del Tercio de Cristo Rey, que concluye así su testimonio: ‘Al terminar la guerra, Franco no nos tuvo en cuenta y eso que gracias a nosotros se pudo ganar aquello. Nos batimos a pecho descubierto en todos los sitios donde hubo jaleo gordo, y ahora parece que nadie se acuerda de eso. Afortunadamente a mis 92 años conservo el espíritu fuerte, una memoria clara y me mantengo fiel a los principios por los que los requetés catalanes salimos a defender nuestras casas, nuestras familias, a España en definitiva’. En realidad sólo defendían su fe y los privilegios de unos pocos, pero uno no puede al terminar la lectura de este impresionante libro dejar de mirarlos con simpatía, afecto y cierta conmiseración. Ganaron aquella guerra, pero fue una victoria pírrica: desde entonces han perdido todas las batallas.