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PRÓLOGO
Mi barrio de San José es, desde luego, el del poeta Julio Antonio Gómez, uno de los poetas de mi vida, que vivió con sus padres y sus hermanos en el número 42 de la calle Doce de Octubre. Esa casa, lo contó María Crespo -la criada que tuvo la familia y que conservó el legado del poeta- en una entrevista que le hizo Antón Castro, era como una gran torre de campo en la que había higueras, pavos, conejos, gallinas y un lavadero. Lo recordó en un luminoso artículo Julio José Ordovás, que muchos años después, como buen paseante de Zaragoza, fue a recorrer las huellas de Julio Antonio Gómez en aquella calle. El solar de la torre familiar, escribió, “lo ocupa desde hace décadas un edificio de pocas plantas en cuyos bajos hay una inmobiliaria. Dos pequeños edificios contiguos tal vez sean los únicos supervivientes de la transformación urbanística”. Mi barrio de San José es, desde luego, el de La Balseta, el último lavadero público que tuvo la ciudad, al final de la Cuesta de Morón. Por allí pasé muchas veces en mi infancia, porque acompañaba a mi padre al que fue su colegio, La Salle de Torrero, que estaba justo al lado. Mi padre era por entonces presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos. Allí conocí al hermano Jeremías, que le había dado clase, siempre con sotana y babero, y a muchos de sus amigos y antiguos compañeros: Enrique Sanz, Modesto Amigó, Juan José Hijazo, Julio Lajo, Luis Basurte, Luis López, Ángel Pueyo… La revista que editaba esa Asociación de Antiguos Alumnos se llamaba así, La Balseta, y se recibió toda la vida en casa de mis padres. Mi barrio de San José es, desde luego, el de la última línea del tranvía clásico que tuvo Zaragoza, la línea 11 Parque-San José, que se clausuró en 1976. Guardo, claro, el billete del último viaje. Pero lo guardé tan bien que vaya usted a saber dónde lo tengo. Era la línea de tranvía que yo cogía siempre para ir a mi casa y la que tomábamos para ir a casa de mis abuelos. Mi barrio de San José es, desde luego, el del bar restaurante Fuji Yama, en el número 137 de la Avenida de San José, donde estaba ubicada la Peña Zaragocista Cultural y Deportiva San José, que organizó durante tantos años muchos de los desplazamientos de los aficionados del Zaragoza. El bar, punto de encuentro del barrio durante décadas, lo llevaba Antonio Mariñosa, que era también el presidente de la Peña. Fue vocal de la Federación de Peñas del Real Zaragoza y había sido directivo del equipo. Lo traté mucho cuando fui consejero del club y era una bellísima persona. Guardo de él alguna anécdota memorable. En el Fuji Yama, que se había fundado en 1961, comimos unas cuantas veces. Desprendía autenticidad y verdad. Debía su nombre al cristalero que les hizo una vitrina para el piso superior y grabó en ella el volcán Fujiyama. Como no tenían nombre para el bar le pusieron ese, contó Mariñosa, quien aseguraba que tuvieron que dejar de grabar la vajilla con el volcán porque la gente se la llevaba de recuerdo. Mi barrio de San José es, desde luego, el del cine Dux, inaugurado como el Fuji Yama en 1961, en la Avenida de San José, 44, en el que recuerdo haber visto Lawrence de Arabia y otras películas de reestreno; y sobre todo el del cine Rialto, que databa de 1948 y ocupaba el lugar de una antigua vaquería en el número 177 de la misma Avenida de San José, muy cerca de la cuesta de Morón. Su época dorada fue a partir de 1977 cuando se convirtió en cine de Arte y Ensayo, y allí fuimos a ver Sacco e Vanzetti, Dersu Uzala, El Acorazado Potemkim, La tierra de la gran promesa, La boda... Su final fue muy triste, pues acabó convertido en una sala de exhibición de películas “X”. En el pasaje donde estaba el cine Rialto se hallaba la herboristería del tío Clemente, quien, además de vender hierbas para curar distintas dolencias, era una especie de curandero y hombre muy habilidoso reduciendo fracturas y luxaciones. Iban a visitarlo gentes de toda Zaragoza. Mi barrio de San José es, desde luego, el de algunos de mis amigos implicados en la lucha vecinal, con la que se consiguió cubrir las acequias y sacar adelante el parque de la Granja, el Jardín de la Memoria (donde estuvo la Fábrica Pina) con la famosa escultura de la bañista de Carlos Ochoa, el Centro Deportivo José Garcés…; el de la escritora Irene Vallejo, el catedrático de Derecho, vicerrector y gran zaragocista Ismael Jiménez, o el oftalmólogo y Jefe de Oftalmología del Hospital Clínico Javier Ascaso, que cursó sus primeros estudios en la Academia Berdala y trabajó algún verano en la fábrica de cervezas La Zaragozana, otra de las señas de identidad del barrio. Mi barrio de San José es, desde luego, el de la Fábrica Tudor, donde trabajó mi abuelo toda su vida, y es el del proyecto de La Harinera, que tantas veces nos contó nuestro amigo Félix Romeo, empeñado en convertirla en un centro creativo y en una residencia para artistas. Y es, por supuesto, el de Hermanos Teresa, mi bar de tapas favorito de la ciudad. Mi barrio de San José es ya, desde luego, el del cómic que han preparado mis amigos Bernal y Jorge Asín, en el que, con su maestría habitual, nos cuentan la historia del barrio desde sus comienzos hasta hoy mismo, y que servirá para que los mayores recuerden con nostalgia los viejos tiempos y los más jóvenes se sientan orgullosos del lugar en el que viven. Ojalá cada barrio de Zaragoza tuviera una iniciativa así y un cómic como éste.
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