PRESENTACIÓN de ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos?, de José Luis Gracia Mosteo, en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés, el 30 de diciembre de 2021.

Gracia Mosteo es el más HETERODOXO, LIBREPENSADOR, ICONOCLASTA, IRREVERENTE, FRANCOTIRADOR, VEHEMENTE Y CONTRACULTURAL de todos nuestros escritores hoy. Y digo ‘nuestros’, porque es aragonés ejerciente, aragonés hasta las cachas, en la mejor tradición de los heterodoxos, librepensadores, iconoclastas, irreverentes, etc, que siempre ha dado Aragón: desde Miguel Servet y Miguel de Molinos a Goya y Buñuel; desde Costa y Sender a Tomás Seral y Casas y Miguel Labordeta; desde Chomón y Maenza a Antonio Artero y Carlos Saura; desde Lagunas y el grupo Pórtico a Antonio Saura y Manuel Viola. Todos heterodoxos y nacidos fuera del sistema, como Mosteo. Otra cosa es que el sistema los haya subsumido, más pronto que tarde, o en ocasiones más tarde que pronto, pero en su ADN estaba siempre la rebelión, el surrealismo o la heterodoxia, algo consustancial al ser de tantos aragoneses.

Pero Mosteo no es como ellos. Mosteo es único, es muy especial, es inclasificable. Es un heterodoxo con corbata, profesor y hombre de orden (más o menos), capaz a la vez de dar clases en un colegio y de escribir el Blues de los bajos fondos; capaz de gustar a las señoras, pero de ser a la vez un buen esposo y un buen padre de familia; capaz a la vez de escribir de Luis Alberto de Cuenca, de José Luis García Martín o de Julio Llamazares, que de uno que ha conocido en Facebook como Sergio Mayor o de uno que aún no conoce como Julio Asencio. Esto último está al alcance de muy pocos, porque todos quieren escribir de los famosos y cimentar sus carreras sobre ellos, pero muy pocos están dispuestos a perder el tiempo con escritores desconocidos que a nadie interesan y que casi nadie lee. Será más fácil meter una reseña en un suplemento escribiendo sobre Villena o Benítez Ariza (y será mejor para ganar sus favores), que haciéndolo sobre Francisco Julio Donoso o José Joaquín Blasco. Pero eso a Mosteo le da igual. Y en este libro concilia los grandes nombres con los desconocidos. Esto no lo hace casi nadie. Esta generosidad no la tiene casi nadie.

Por no hablar de su pasión por lo aragonés, algo que tampoco cotiza al alza en la bolsa de la literatura. Esto también lo define muy bien y lo diferencia de casi todos. Mosteo hace lo que le viene en gana y lo mismo escribe de García Montero que de nuestro querido Miguel Ángel Yusta, porque no tiene prejuicios, ni tiene que dar explicaciones de por qué lo hace, ni juega a conseguir influencias, ni a lamer el culo de los poderosos. Lo aragonés lo lleva en el corazón y por ello escribe de sus amigos aragoneses. Y al que le parezca bien, bien; y al que no, que le ponga cintas. De los 24 autores que estudia en el libro con hondura (a los instapoetas los cita, pero no los analiza, porque para qué perder el tiempo), incluido el propio Mosteo, lo que no deja de ser una humorada más, 12 son aragoneses. La mitad.

Esto está muy unido a su forma de entender la vida y la crítica literaria. Mosteo no es en este libro (ni en ninguno de los anteriores) débil con los fuertes y fuerte con los débiles. Eso le horrorizaría. Y, sin embargo, todos vemos cómo eso es una práctica habitual todos los días. Mosteo trata de ser justo y de decir lo que piensa. Razonándolo, por supuesto. Y en este libro habla muy bien de gentes muy poco o nada importantes y, sin embargo, les arrea de lo lindo a escritores muy influyentes, caso de García Montero, lo que le cerrará sin duda algunas puertas. De momento, las del Cervantes. Mosteo habla mal, por ejemplo, de la poesía de Joaquín Sabina y bien de la de Francisco López Serrano, lo que sería una pésima estrategia para todos aquellos que buscan colocarse o lograr padrinos poderosos. Pero a Mosteo, en su condición de francotirador, todo eso le da igual. Dice y escribe lo que quiere, con total libertad. Como siempre han hecho los aragoneses heterodoxos. Veamos, por encima, algo de lo que dice de García Montero (páginas 126 y 127), de lo que disiento, pues a mí me parece un gran poeta.

El libro lo estructura en seis apartados: Los últimos clásicos, entre los que, junto a Luis Alberto de Cuenca, Julio Llamazares o Luis Antonio de Villena, habla de nuestro Antón Castro y un casi desconocido como José Luis Morales; los posmodernos, con tres aragoneses como Vilas, Alfredo Saldaña y Luisa Miñana; los raros, con alguna agradable sorpresa como la de Francisco Julio Donoso; los nuevos realistas, con homenajes a nuestros queridos Alfredo Castellón y Ángel Guinda, a los que hace compartir epígrafe con dos conocidísimos Benítez Ariza y García Martín, y un desconocidísimo Julio Asencio; los extraviados, el más surrealista de sus capítulos, en el que se estudia a sí mismo y al propio lector, junto a Miguel Ángel Yusta o Luis García Montero; y finalmente los instapoetas,  los poetas de las redes, a los que les atiza sin piedad (página 141). Termina el libro con un apéndice hilarante sobre las siete, o las diez, plagas de la poesía: el tono, las maneras (página 147), el fingimiento (página 148), la frecuencia (página 149), la caridad, la inmortalidad, el carguito (página 152), las recopilaciones, la virtualidad y la ignorancia.

Me gustaría recalcar las cinco virtudes principales que a mi entender tiene este libro: la limpieza y belleza de su prosa; su cultura literaria; la capacidad de análisis de Mosteo, es decir, su inteligente lectura de los libros; su valentía; y su sentido del humor.

La prosa de Mosteo es magnífica. Veamos por ejemplo cómo define a Luis Alberto de Cuenca (página 25)

Su cultura literaria impregna todo el libro. Veamos cómo caracteriza a Llamazares (página 31); y qué poema elige de José Luis Morales de su libro Gracias por su visita (página 34), que ganó el Premio Antonio Machado en Baeza.

 

Su capacidad de análisis es apabullante. Habla por ejemplo de otros tres poetas no incluidos en el libro y los caracteriza así: (página 63).

Lo de su valentía lo hemos dicho ya al principio. No se casa con nadie y les arrea a los más poderosos, a diferencia de lo que suele ser frecuente. Lo que hace con algunos libros de Manuel Vilas (no con todos, pues muchos libros de Vilas le gustan) es también muy demostrativo de esto (página 51). Yo aquí, una vez más, no estoy de acuerdo con Mosteo, porque a mí Vilas me parece un escritor magnífico, pero para gustos están los colores.

Por fin, su extraordinario sentido del humor, su retranca incomparable, nos hace leer el libro casi siempre con una sonrisa. La anécdota con Alberti en el Ateneo es gloriosa (página 123). Otro ejemplo está al hablar de los poetas milenials (página 141) y las ganas de coger el taxi de García Montero para escapar.

El título del libro, ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos?, es una adaptación del ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, una novela corta de ciencia ficción del subgénero ciberpunk del autor Philip Kindred Dick, publicada en 1968. Fue adaptada libremente por Ridley Scott para la película Blade Runner, de 1982. El subtítulo creo que explica mejor el libro: “La estrafalaria evolución de la poesía del XX al XXI”. El propio título, pintoresco y algo disparatado, es también muy propio de Mosteo (lo experimentó ya en Treinta motivos para reencarnarse en mosquito, otro título raro), porque Mosteo hasta titulando ha de ser distinto y original. Aunque yo tengo que decirle que soy más de otros títulos suyos como El rock de la dulce Jane o La pierna ortopédica de Rimbaud.

Este libro de Mosteo ha sido el segundo ensayo más recomendado por Amazon -ahora el quinto- durante muchos días, y le va a dar a su autor y a sus lectores (menos a García Montero, desde luego) muchas satisfacciones. Yo se lo recomiendo encarecidamente. Pocas veces verán un ejemplo de crítica libre tan ejemplar como éste. Estén de acuerdo con él o no, que eso es en este caso lo de menos. Lo de más, es el debate intelectual que suscita en el lector y que no dejará a nadie indiferente. Larga vida a Mosteo, larga vida a la gran literatura.