Las necrológicas que nunca escribí

 

 

 

El principal rasgo que define a todo buen autor de necrológicas no es como pudiera pensarse el perfecto conocimiento del fallecido o una desmedida capacidad para el elogio. Ni siquiera la de ser capaz de olvidar los múltiples defectos del homenajeado para centrarse sólo en sus escasas virtudes. Su principal característica es la capacidad de supervivencia de que disfrute, es decir, la de conseguir vivir más años que todos aquellos sobre los que escriba. Por eso es un género que a mí me gusta mucho. Y en él se han escrito algunos libros memorables como Los amigos muertos de Juan Ignacio Luca de Tena.

Yo también hubiera querido escribir las necrológicas de mis amigos escritores muertos en estos últimos treinta años: la de Manuel Pinillos, para contar su historia de amor con Margarita, la de José Antonio Rey del Corral, que glosaría su compromiso apasionado con los más débiles, y la de Guillermo Gúdel, a quien parecía que toda la tristeza del mundo se le hubiera detenido en la cara. Y debí haber escrito más sobre Luciano Gracia, Inocencio Ruiz e Ildefonso Manuel Gil, porque me regalaron versos, libros y amistad a manos llenas. También debí hacerlo sobre algunos a los que conocí menos intensamente, como Manuel Rotellar, a quien siempre recuerdo con Luis Alegre en la Filmoteca y de quien acabo de ver su trabajo en Culpable para un delito, la película de José Antonio Duce, Sol Acín, tan dulce y enérgica a un tiempo como debió de serlo su padre, Manuel Estevan, Jesús de la Hoya, Gabriel García Badell, José Manuel Lozano Gracián, Teresa Jassá, Francisco Javier Celma, que había publicado un primer libro de versos en la Colección “Poemas” en 1972 y nos dejó en 1979, cuando aún no había cumplido los 30 años, Andrés Ruiz Castillo “Calpe”, vecino mío en Sagasta, con quien pasé horas inolvidables hablando de viejos libros y de viejos periodistas, y Luis Horno Liria, que siempre fue conmigo caballeroso, afable y delicado. Y de otros periodistas como José Altabella, Miguel Ángel Brunet y Miguel R. Green.

No puedo perdonarme por no haber ido a conocer a Tomás Seral y Casas, José García Mercadal, Gil Comín Gargallo y Juan Ramón Masoliver. Aún no había cumplido 20 años cuando murieron los tres primeros, pero ya los había leído (fragmentariamente, claro) y no tengo excusa por haber desaprovechado la oportunidad de conocer de sus labios tantas historias que a lo peor se han quedado para siempre en el tintero. A Masoliver, primo de Luis Buñuel, actor ocasional en la legendaria La edad de oro y secretario personal de Ezra Pound en Rapallo entre 1931 y 1934, quise ir a visitarlo a Barcelona con Ignacio Martínez de Pisón, pero lo fuimos dejando y cuando me di cuenta ya era demasiado tarde. Tampoco sé por qué no coincidí con Ignacio PratAlfredo Mañas, José Antonio Giménez Arnau, Lola Mejías, José Barreiro Soria, Emilio Alfaro, José Giménez Anar, Marian Arcal, Rosa María Cajal, Luisa Llagostera o Julio Alejandro, pues teníamos amigos comunes que hubieran hecho posible el encuentro, pero todos ellos, con excepción de Prat, de quien sí escribí en alguna ocasión, se marcharon sin que les dedicara unas líneas.

Debí también glosar las figuras de algunos profesores universitarios que tuvieron una decidida vocación literaria: Eugenio Frutos, José Camón Aznar, José María Castro y Calvo, Miguel Sancho Izquierdo, Manuel Alvar, Fernando Lázaro Carreter y José Manuel Blecua. La de Pedro Laín, la verdad, hubiera preferido no tener que recordarla, pues siempre me viene a la cabeza -y me impide tomarme en serio al personaje- la anécdota incomparable que de él cuenta José Manuel Caballero Bonald acerca del día en que envió a “El País” un autocomentario de diez folios sobre un libro suyo que acababa de salir, para que fuese publicado en el periódico lo antes posible. Son muy estimables las memorias de Castro y Calvo y Alvar, de obligada lectura para cualquier zaragozano que se precie.

Sé que hubiera sido feliz conversando con Julio Antonio Gómez, cuyo recuerdo pervive imborrable en todos cuantos lo conocieron, Julio Bravo, a quien le habría contado dónde y cómo encontré su rarísimo primer libro, María Bellesguart, de 1923, que firmó con el seudónimo de “Tristán Gay”, Miguel Buñuel, de Castellote, que militaba en la extrema izquierda más radical y escribía cuentos para niños llenos de  candor y ternura, Mayrata O’Wisiedo, tan guapa y elegante, que fue novia de Alfonso Sastre y de quien Carmen Martín Gaite escribió unas páginas memorables, José Francisco Aranda, poeta, pionero de los estudios buñuelianos en España y autor de un controvertido libro ya clásico, El surrealismo español, José María Aguirre y Víctor Mira, poetas ambos también y ambos transterrados. Todos ellos merecían una gran necrológica.

Y claro, debí dedicar mis mejores oficios a escribir las de Ramón J. Sender y Luis Buñuel, aunque éstos afortunadamente encontraron mejores y más avezados hagiógrafos.

José Luis Melero Rivas