MAINER, ZARAGOZA Y LO ARAGONÉS

 

José Luis Melero

(Publicado en el libro Para Mainer de sus amigos y compañeros de viaje, Granada, La Veleta, 2011).

 

Siempre me he preguntado por qué demonios nos hemos tratado tan poco, por qué hemos perdido durante años y años, absurda e incomprensiblemente, las muchas oportunidades que hemos tenido de ahondar en una amistad a la que parecíamos predestinados: los mismos intereses literarios, la misma devoción por una época de la literatura -la Edad de Plata- que él se inventó, idéntica pasión por la lectura, la misma clase social (esa burguesía zaragozana a la que los dos pertenecemos y a la que los dos hemos denostado no pocas veces), parecidas ideas políticas a la izquierda moderada del arco parlamentario, el gusto por los buenos modales, numerosos amigos comunes…, todo hacía pensar que estábamos condenados a ser amigos de forma inevitable, como yo lo era ya de muchos de sus compañeros de generación (esa generación de la revista Andalán a la que Mainer dedicó en 1974 su libro Regionalismo, burguesía y cultura, en “recuerdo de dos años de campaña aragonesa”) o de quienes habían sido durante años sus colegas y camaradas en tantas aventuras: José Antonio Labordeta, Gonzalo Borrás, Eloy Fernández Clemente, Carlos Forcadell… Siendo ambos pues zaragozanos y viviendo los dos en la misma ciudad, hemos coincidido desde luego en muchos sitios: jurados, presentaciones de libros, actos literarios, charlas, homenajes…, y siempre nos hemos tratado no sólo con cortesía y delicadeza, sino con afecto no disimulado. ¿Por qué entonces nunca hemos dado los pasos necesarios para convertir esa relación cálida pero epidérmica en otra más honda y definitiva? Sobre esto he reflexionado discretamente algunas veces (reflexionar, lo que se dice reflexionar, uno reflexiona poco, no vayamos ahora de intelectuales de estuche y vitola) y sobre esto me gustaría escribir hoy algunas líneas.

No disfrutar de la amistad personal, pero sobre todo haber perdido la posibilidad de aprovecharnos del magisterio de Mainer, ha significado para muchos de nosotros “una pérdida mayor que la de las colonias”, como decía Menéndez Pelayo que representó para España la compra en 1902 por parte de Mr. Archer Huntington de la irrepetible biblioteca del marqués de Jerez de los Caballeros. Y digo “nosotros”, porque la falta de intimidad con Mainer no es solo una cuestión personal mía, sino, lo que es más grave para todos, una característica generacional. Prácticamente ninguno de los escritores zaragozanos en torno a los cincuenta años (Ignacio Martínez de Pisón, Antón Castro, Fernando Sanmartín, Miguel Mena, Juan Bolea, Mariano Gistaín,) o los un poco más jóvenes (Cristina Grande, Ismael Grasa, Ángela Labordeta, Félix Romeo) han gozado del privilegio que para todos hubiera significado el trato habitual y permanente con Mainer. (La excepción es tal vez la del poeta y novelista Manuel Vilas, pero en el caso de éste hay razones biográficas y extraliterarias que explican esa relación: la mujer de Manolo es discípula dilecta y compañera de Mainer en el mismo departamento de la Facultad de Letras). A todos les ocurre lo mismo: su relación con Mainer es cordial, amable, distendida…, pero lejana. ¿Qué nos hubiera costado juntarnos a cenar de vez en cuando y disfrutar de la conversación y del trato de quien, por su cercanía y autoridad intelectual, debería haber sido sin duda nuestro mejor instructor y guía en asuntos literarios? ¿Por qué no lo hemos hecho nunca? Quizá porque nosotros jamás nos hayamos esforzado en tratar de convencer a Mainer de que dejara de llevar esa vida de asceta o de “recluso indultado por la guerra” que escribiera el bueno de Luciano Gracia, y saliera a la calle de vez en cuando para divertirse con sus nuevos amigos. Mainer nunca ha hecho en Zaragoza vida social ni literaria y es prácticamente imposible verle en fiestas o saraos. Muchos de nosotros, en cambio, hemos sido amigos de tertulias interminables, de bares, jarana y alegría, y hemos conciliado como hemos podido la juerga con el trabajo. Mainer, más bien, decidió compaginar el trabajo con el trabajo. Luego, claro, como pasa en las excursiones de montaña, los que ascienden a piñón fijo llegan los primeros a la cima, mientras que los que se paran a ver las mariposas, a almorzar en los ribazos y a refrescarse en los arroyuelos aún no han comenzado el ascenso cuando los otros ya están bajando.

En mi caso concreto, cuando era más joven, tal vez veía a Mainer como a un patricio romano, con su voz elegante y engolada de tribuno (“Tengo para mí que estamos ante una literatura ancilar…”, repetíamos entre nosotros impostando la voz e imitándolo jocosamente), y nunca me decidí a confesarle lo mucho que lo admiraba, cuánto me gustaban sus libros y cómo disfrutaba de su prosa clara y precisa de escritor, muy alejada de las prosas anodinas y funcionariales de tantos catedráticos de medio pelo. Luego Mainer apoyó públicamente al PSOE, firmando algunos manifiestos en la prensa, mientras que yo, aragonesista convicto y confeso, apoyaba sin fisuras a Chunta Aragonesista, el pequeño partido de mi íntimo amigo José Antonio Labordeta. Cosa de románticos y perdedores. Pero aquello tampoco podía distanciarnos: a ninguno de los dos nos ha interesado el ejercicio de la política, uno tiene muchos más amigos fuera del aragonesismo que dentro de él, y tanto Mainer como yo sabemos muy bien que no hay nada peor que el sectarismo y que -de sobras es conocido- idiotas hay en todos los lados: entre los que piensan como uno y entre los adversarios. Por otra parte, Mainer, que eligió Aragón para vivir cuando podría haber sido catedrático donde hubiera querido, y que escogió el bellísimo pueblo de Ansó, en el Pirineo de Huesca, para pasar algunas de sus temporadas de descanso, ha dedicado a Aragón y a lo aragonés muchos de sus desvelos (desde una monografía sobre Labordeta ya en 1977 y otras sobre Dicenta, Sender y Jarnés, hasta un volumen sobre literatura aragonesa -o literatura en Aragón, como él prefiere decir-, Letras Aragonesas (Siglos XIX y XX), en 1989, sin olvidar la dirección de la sección de literatura de la Gran Enciclopedia Aragonesa entre 1980 y 1982), por lo que, en el fondo, tampoco en esto estábamos tan alejados: los dos queríamos vivir en Aragón, los dos elegimos Aragón para ver crecer a nuestros hijos y los dos entregábamos parte de nuestro tiempo al estudio y la difusión de algunos de nuestros escritores: él desde luego en el puesto de mando y yo en las bodegas.

Tal vez en esto de la difusión de los escritores aragoneses su labor más destacada (además de haber escrito sobre muchos de ellos habitualmente y haber dirigido algunas tesis doctorales que ayudarían a la recuperación de una serie de poetas olvidados como Luis Ram de Viu, aquel barón de Hervés enamorado de los cementerios, o Gil Comín Gargallo, Raimundo Gaspar, Tomás Seral y Casas o Carlos Eugenio Baylín Solanas, que llegarían a los manuales gracias a los estudios por él impulsados sobre las vanguardias literarias en Aragón entre 1925 y 1945) fue la dirección de la “Nueva Biblioteca de Autores Aragoneses”, así llamada en recuerdo y homenaje de la que fundara Tomás Ximénez de Embún en 1876 y patrocinara la Diputación Provincial de Zaragoza. En esta colección, por la que apostó la editorial Guara con una decisión rayana en el heroísmo, Mainer editó a Marcial, Pedro Alfonso y Gracián, a Mor de Fuentes, Braulio Foz y Silvio Kossti, a Sender, Ildefonso Manuel Gil, José Manuel Blecua, Seral y Casas y Ramón Gil Novales, y, sobre todo, recuperó al hasta entonces olvidado Benjamín Jarnés, de quien reeditó algunos de sus libros y del que llegó a publicar una novela inédita, Su línea de fuego, en 1980. ¿Cómo es posible que alguien capaz de alentar, diseñar y sacar adelante una colección como ésta no fuera íntimo amigo, o al menos no perteneciera al círculo más próximo, de quienes siempre hemos estado trabajando generosa y desinteresadamente por las cosas de Aragón? Un misterio inextricable.

Lo único positivo de no haber frecuentado su trato es que el tiempo que no utilizamos en vernos lo aprovechamos en leerle. En leer apasionadamente su obra: desde aquel primerizo Atlas de literatura latinoamericana que escribió con 23 años, su Falange y Literatura de 1971 o su monografía de 1976 sobre las novelas de Wenceslao Fernández Flórez (aquel que comprendió la verdadera insignificancia del hombre el día que tuvo que ponerse a orinar junto a las cataratas del Niágara), a quien había dedicado su tesis doctoral, hasta su última Galería de Retratos. Mucho hemos aprendido en sus libros: desde los entresijos del primer tercio del siglo XX español y las andanzas de muchos de sus autores menos conocidos, hasta los valores ocultos de los más aviesos y acanallados escritores falangistas; desde lo que significó la publicación de la Revista de Aragón (1900-1905) de los catedráticos Eduardo Ibarra y Julián Ribera, hasta el regeneracionismo de Cajal en 1898.

Yo, para tratar de arreglar este inexplicable desarreglo histórico en el que nos movemos, prometo invitarle a cenar la próxima vez que nos veamos, pedirle que decida perder el tiempo hablando de libros y escritores con nosotros alguna noche y recordarle con cariño, aunque él lo sepa ya sobradamente, que los bibliófilos buscadores de rarezas también leemos algún que otro libro importante y tenemos nuestro corazoncito. Y que en ese corazoncito caben también otros muchos escritores, cierta literatura ancilar y, desde luego, José Carlos Mainer Baqué. Tengo para mí que esa cena será el comienzo de una larga amistad.