LIBRERÍAS ZARAGOZANAS

UN INVENTARIO Y TRES RECUERDOS IMBORRABLES.

 

José Luis Melero

Heraldo de Aragón, 23 de abril de 2013

                                                          

 Las librerías zaragozanas del siglo XX y de este comienzo del siglo XXI las inventarió ya magníficamente el librero Francisco Pons en un artículo que publicó en 2011 en el número 136-137 de la revista Rolde. Allí encontrará el curioso toda la información que precise sobre las muchas librerías que ha tenido esta Ciudad en los últimos cien años: desde la librería de Cecilio Gasca (de la que conservo un precioso punto de lectura de cuando estaba en el número 10 de la calle Don Jaime I), Allué (aún felizmente viva entre nosotros), Gómez Pastor, la librería Aragón (en la esquina entre Alfonso I y la Plaza del Pilar), La Educación (que estaba, como la de Gómez Pastor, en el Coso), o la Librería Universal (aquella librería casi en miniatura que abría sus puertas en la Plaza de España), hasta la Librería General y la Central (indispensables en la historia del comercio del libro en Aragón los nombres de Luis Boya Saura, Joaquín Casanova y Eutimio Merino), la París de los Muñío, la propia librería de Francisco Pons (fundada por su padre, aquel gran librero que se formó en Gasca, la CIAP y la General antes de establecerse por su cuenta), Pórtico (la magnífica librería de José Alcrudo), Círculo, la Librería de Mujeres de Carmen Jiménez, Gacela, Lepanto, Muriel (con Alfonso Sánchez a la cabeza), luego La Arcadia, Certeza, y la inolvidable Libros, en los bajos del Palacio de Fuenclara, que nos traía el recuerdo del poeta y galerista Tomás Seral y Casas y de las vanguardias zaragozanas de preguerra. Pons también recordaba algunas otras que tuvieron -y algunas aún la tienen- una viva presencia en la vida socio-cultural de la ciudad: Tobogán, la esotérica Kábala, Andersen, Asís, Hechos y Dichos, Manantial, San Pablo o Fontibre; y desde luego señalaba la importancia de tres de las librerías culturales por excelencia abiertas en Zaragoza: Cálamo, Antígona y Los Portadores de Sueños, con el añadido reciente de El Pequeño Teatro de los Libros, que ha tratado de repetir ese modelo en uno de los barrios de la ciudad. Las librerías de viejo zaragozanas también tenían su espacio y Pons nos hablaba, naturalmente, del gran Inocencio Ruiz, que fue uno de mis más queridos amigos, de Hesperia y la familia Marquina, de Luces de Bohemia (que fundara Pachi Asín, uno de los grandes libreros anticuarios de España, hoy ya en manos de su hijo Nacho), de la librería de los hermanos Vidal, de la librería Prólogo de Pablo Parra, presidente de los libreros de viejo aragoneses, o de la librería Epopeya. Inocencio Ruiz, en ‘De libreros y de libros’, recuerda también a otros libreros de viejo zaragozanos como Valero Gasca, hermano de Cecilio, o Antonio Nasarre de Letosa.

Yo visité también con mayor o menor asiduidad otras seis librerías: la de Amado, en el Coso Bajo, la librería Ícaro, que mi amigo Chusé Aragüés montó en la calle Mariano Barbasán, Taj Mahal, en Juan Pablo Bonet, Ibi, en la calle Zurita, la librería Contratiempo, primero en Maestro Marquina y luego en la calle Royo, donde compré muchos libros, y la preciosa librería Caligrama, con bar y sala de exposiciones, que Sergio Abraín se sacó de la chistera en la calle La Paz.

Me gustaría dedicar hoy un breve recuerdo a tres librerías hace tiempo desaparecidas y bastante olvidadas, pero que tuvieron una gran importancia en mi educación sentimental: una de nuevo, otra de ocasión y la última de viejo. La primera fue la librería Astro, en la calle Mariano Barbasán, a cuyo frente estaba un lector infatigable: Rodrigo Sánchez. Un gran tipo. Y muy peculiar. Nunca se le vio preocupado por vender o no, y uno tuvo siempre la sensación de que había montado aquella librería para tener el pretexto de estar allí todo el día leyendo sin que nadie le importunara. Tenía un sillón al fondo de la librería a la izquierda y en ese lugar perma­necía siempre sentado con un libro en las manos, despreo­cupado en absoluto de todo cuanto pasara a su alrededor. Solo interrumpía sus lecturas para acercarse alguna vez al mostrador a cobrar los libros que le compraban sus no muchos clientes o para cruzar al bar del ejeano Félix Lambán, que estaba justo enfrente, y tomarse algún vino que otro con el dueño, un hombretón que en sus años jóvenes había sido un afamado luchador de lucha libre y que llegó a proclamarse campeón del mundo en Barcelona a finales de los años cincuenta. Rodrigo Sánchez era un hombre inteligente y atractivo, culto y de gran personalidad, que siempre fue amable y comprensivo conmigo -recuerdo haberle pagado en cinco plazos de cien pesetas semanales ‘Recuento’ de Luis Goytisolo en 1975- y que me recomendó algunas lecturas inolvidables, como aquel fantástico ‘Cuando quiero llorar no lloro’ del venezolano Miguel Otero Silva que publicó Barral en 1971. A veces montaba tertulias en la librería con algunos de sus amigos, entre los que, si me memoria no me traiciona, recuerdo al periodista Rafael Fernández Ordóñez y al escritor y profesor Simeón Martín Rubio.

            Otra librería inolvidable para muchos fue la antigua librería Pérez, en el Tubo, esquina con Estébanes. No trabajaba el libro viejo sino el de ocasión y los restos de edición. La llevaban un padre y dos hijas y, cuando una de éstas se casó, también el yerno, al que utilizaban únicamente de vigilante para procurar que no les robaran libros. Pude comprar allí al­gunos restos de Bruguera, de Taurus, de Librería General, de Plaza y Janés... También casi todo el catálogo de La Gaya Ciencia de Rosa Regàs con las primeras ediciones de Juan Benet, ‘Días de llamas’ de Juan Iturralde o el ‘Museo de cera’ de José María Álvarez, que estuvieron en aquella librería años y años. Procede de Pérez, por ejemplo, mi ejemplar del ‘Diario íntimo’ de César González Ruano en Taurus. Los dueños eran buena gente pero no sabían nada de libros, y en ocasiones marcaban el precio a bolígrafo en los lomos de éstos. Esa costumbre fue una de sus señas de identidad: nunca he conocido otra librería que cometiera aberración parecida.

Y la última librería que hoy me gustaría recordar es la entrañable librería Filigrana de Abel Pérez, en el número 14 de la calle Royo. Abel Pérez, que se había formado en Pórtico, era un hombre bon­dadoso, honesto y cabal. Tuvo muchos y buenos libros y a unos precios razonables. Uno de sus clientes habituales fue el ya tristemente desaparecido médico y cer­vantista Isaías Moraga, bibliófilo recalcitrante y de rico anecdotario, muy amigo de conocidos personajes zaragozanos como Pedro Christian García Buñuel o Vicente Martínez Tejero. A Moraga le vi comprar en aquella librería libros de forma compulsiva y era el único bibliófilo que yo conocía en Zaragoza que tenía la primera edición de la ‘Vida de Pedro Saputo’, de Braulio Foz. Una vez me dijo que su biblioteca iría a parar a su pueblo natal, Miguelturra, en la provincia de Ciudad Real. Yo le argumenté que esa edición del Saputo, dada su extremada rareza, no debía salir de Aragón, se la intenté comprar -o cambiar por algunos libros que yo tenía y que a él le faltaban- varias veces sin éxito, y él acabó asegurándome, entre bromas y veras, que me la dejaría en el testamento. Cuando por fin encontré esa edición hace un par de años, me acordé mucho de él. A Abel Pérez le vendió muchos libros el escritor y pintor Antonio Fernández Molina. De él procedían no pocos de los que compré en aquella librería y en especial una buena colección de revistas de poesía de los años cincuenta y sesenta. Otro habitual de la librería era un fraile muy conocido en Zaragoza, gran aficionado a los libros viejos, que calzaba sandalias, vestía ropa talar y era temido en todas las librerías de la ciudad por su cleptomanía incorregible. Era al parecer un gran experto en esconder entre los hábitos los libros más valiosos. Todavía recuerdo la cara que se le quedaba al bueno de Abel, mezcla de estupor y de pánico, cada vez que veía entrar en su librería a nuestro clérigo. Cerró pronto aquella librería, pero la he recordado siempre con enorme cariño y afecto.