LA AVENTURA ARAGONESA DE BAROJA

 

 

No era la primera vez que Baroja intentaba dar el salto a la política. Ya en noviembre de 1909 había sido candidato en las elecciones municipales madrileñas por la Conjunción Republicano-Socialista y había fracasado, lo que, en palabras de J. C. Mainer, “le amostazó no poco”. A comienzos de 1918, con una recomendación en el bolsillo de Alejandro Lerroux, trató de presentarse a candidato a diputado por Fraga. Le costó mucho reconocer que había vuelto a pedir ayuda a Lerroux, y sólo lo hizo “a regañadientes y 30 años después” como escribió E. Gil Bera. Esta aventura electoral la contó Baroja en su libro ‘Las horas solitarias’ y todos sus biógrafos se han hecho eco de ella.

Fue el pintor Miguel Viladrich quien en la redacción de la revista ‘España’ le propuso a Baroja presentarse a las elecciones por el distrito de Fraga, un distrito que desconocía y que, como apuntó M. Sánchez Ostiz, es muy posible que le importara un comino. Al principio, la propuesta se tomó a guasa y el dibujante Bagaría le sugirió al escritor que en su campaña electoral debía prometer a sus electores que cuando llegara al Congreso lo primero que haría sería sustituir los caramelos por higos de Fraga. La editorial Calleja acababa de pagarle 2.500 pesetas por sus ‘Páginas escogidas’ y, junto con otras 2.500 que podía obtener de distintas editoriales, estaba dispuesto a utilizarlas para financiar su aventura electoral. Viladrich convenció a Baroja de que su candidatura estaba siendo muy bien recibida entre los republicanos aragoneses y que debía viajar a Zaragoza para comenzar desde allí su campaña.

Así pues el escritor vasco se vino a Zaragoza, adonde llegó a las 3 de la mañana. En la estación le esperaba Viladrich, acompañado de Felipe Alaiz y Rafael Sánchez-Ventura. Sólo tenían 4 horas para descansar pues a las 7 debían salir para Huesca, y Alaiz ya le advirtió a Baroja desde ese primer momento que presentarse por un pueblo aragonés alguien que había hablado mal de Costa y de la jota, era “una verdadera fantasía”. Al día siguiente, al llegar a Huesca, Alaiz, Viladrich y Sánchez-Ventura se dedicaron a hacer gestiones para lanzar la candidatura de Baroja, pero nadie quería apadrinar a un “forastero desconocido”. Visitaron a Manuel Bescós (‘Silvio Kossti’), que como era de esperar reprochó al escritor vasco sus ataques a Costa, y allí conoció Baroja a Salvador Goñi, “muchacho muy simpático y de un espíritu entusiasta”, que había dirigido la revista ‘Talión’. De Huesca fueron a Sariñena, con cambio de tren en Tardienta. El viaje lo hicieron en un mercancías con un solo vagón de viajeros, y en Sariñena se bajaron Baroja, Alaiz y Goñi. Fueron a la posada y Goñi le dijo a Baroja que, cuando estuvo preso en la cárcel de Huesca por un delito de imprenta, lo peor era el hedor de los colchones. El colchón de Baroja en la posada de Sariñena apestaba también. Al día siguiente viajaron en tartana a Castejón de Monegros y las cosas seguían sin mejorar. En todos los sitios les decían que no lo iban a nombrar candidato ni lo iban a votar. Comieron en La Almolda y continuaron hasta Peñalba, donde le hicieron saber que votarían al candidato monárquico. Todavía fue peor en Candasnos, pues allí le aseguraron que hacían ‘puchero’: reunidos el secretario y el alcalde, metían en el puchero tantas papeletas como vecinos había. No votaba nadie y ganaba el candidato monárquico siempre que hubiera ido a visitar al rico del pueblo.

Cuando por fin llegaron a Fraga las impresiones fueron tan malas como en los Monegros. Allí les esperaban Viladrich y Sánchez-Ventura, y allí acudió también Joaquín Maurín, el futuro secretario general del POUM. Baroja tomó entonces la decisión de retirarse y dejar libre el camino al otro candidato republicano. Por Fraga abandonó Aragón camino de Lérida, adonde llegaban desde Madrid su hermano Ricardo, Bagaría y el escultor Julio Antonio, dispuestos a ayudarle en la campaña y sin saber que ésta había sido un completo fiasco. Allí terminaba su aventura electoral.

Aún pudo Baroja subirse dos veces más al carro de la política: una de la mano de Azorín, que le traslado una propuesta del ministro Sánchez-Guerra para ser diputado -y que Baroja rechazó porque no podía ir con los conservadores-, y otra cuando trató de ser en 1920 concejal del ayuntamiento de Vera pero no fue elegido. De su fracaso en Fraga culpó siempre a Viladrich y esa inquina contra el pintor, aseguró su biógrafo S. Juan Arbó, habría de durarle toda la vida.