VOCACIÓN POR CONTAR 

Joaquín Berges, Peregrinas, Barcelona, Tusquets, 2021. 

 

Joaquín Berges es un escritor extraordinariamente dotado para la novela humorística. Lo demostró ya en su primer libro, El club de los estrellados, que tuvo una excelente acogida y ganó para su causa a un gran número de lectores, y lo confirmó más tarde con otros títulos comoVive como puedas, Un estado del malestar y Nadie es perfecto. En todas esas novelas, Berges (que nos recuerda muchas veces a los grandes escritores ingleses que cultivaron el humor como P.G. Wodehouse, Chesterton, Tom Sharpe o el mejor Alan Bennett de Con lo puesto) despliega toda su capacidad para la creación de personajes y situaciones hilarantes, y hace de la comicidad (y de la melancolía y la ternura, mezcladas en explosivo cóctel con esas gotas de acidez o amargura que nunca deben faltar en la buena literatura de humor) el eje central de las mismas. Ahora nos presenta Peregrinas, su última entrega de esta serie de novelas desopilantes, que se lee de un tirón, con una sonrisa en los labios -y en ocasiones entre carcajadas-, pero siempre, paradójicamente, con un fondo de enorme tristeza, esa que es común a una etapa de la vida como la vejez, en la que ya apenas queda nada por vivir como no sea esperar pacientemente la muerte.  

Tres octogenarias que viven en una residencia de ancianos deciden escaparse para hacer el camino de Santiago, aunque en realidad eso será sólo el pretexto para viajar hasta Tarragona, donde una de ellas quiere cumplir un sueño. De las tres, Dorita es la promotora y organizadora, Fina (que tiene una incipiente demencia senil) pone el coche, y la tercera, Carmen, aporta el carné de conducir del que las otras dos carecen. Las tres forman el descacharrante equipo de esta peculiar road movie, al que se sumará Julio, un antiguo vecino de Dorita y su amor secreto, que esconde un pasado trágico que se irá conociendo conforme avance la novela. Dorita nació en un pueblo de Teruel y era la hija del barbero. Se casó con Ramiro, que trabajó en el Banco de España y que acabó siendo un hombre déspota, violento y dominado por el alcohol, un hombre que, como confesará Dorita, “nos trataba como a sirvientes, casi diría que como a esclavos”. Tuvieron dos hijos, Agustín y Eugenia, y la hija de esta última tendrá involuntariamente un gran protagonismo en la novela, pues será a la que Dorita se dirija siempre sin nombrarla (se refiere a ella sólo como “mi amor”) en sus apariciones en primera persona. Carmen era de buena familia madrileña (nacida en el barrio de Salamanca), pero se enamoró de Quique, su profesor de francés, y se fue a vivir con él, lo que provocó la ruptura con su familia, tan tradicional y conservadora. Quique murió pronto de un infarto y Carmen comenzó a coser batas para sobrevivir y acabó convertida en modista. Sin hijos, se conformó con tener a estudiantes alojados en su casa. Fina, que es por razones familiares quien tiene verdadera obsesión por hacer el camino de Santiago, tuvo un padre tendero en un pequeño pueblo de Soria, un marido viajante de comercio y dos hijos, Sara y Manuel, éste con síndrome de Down y al que dedicó la vida entera, tanto que, como ellos decían, casi “vivían como una pareja de recién casados”. Tras una infidelidad de Carlos, su marido, Fina se irá con su hijo de casa y ya no volverá nunca a ella. Julio recuerda inevitablemente al James Stewart de La ventana indiscreta. Vecino de la casa de enfrente de Dorita, se pasó media vida mirándola y admirándola desde la terraza. Casado con una mujer a la que no amaba y de la que tuvo una hija, Álex, es ya viudo en el momento del viaje y jugará un papel determinante en muchos capítulos de la novela. 

Las vidas de estos cuatro personajes se nos irán desvelando a medida que avance la escapada, mezcladas con las aventuras -o desventuras- que irán viviendo, más propias de un grupo de adolescentes desenfrenados que de reumáticos ancianos. Así, tras ser asaltados por unos ladrones de carretera que les dejarán con lo puesto, se irán sin pagar de un hotel de Fraga, aunque Fina (a la que en su demencia le hacen creer todo el rato que están haciendo el camino de Santiago, lo que es uno de los recursos más divertidos del libro) piense que se hallan en Carrión de los Condes; se jugarán en Lérida el poco dinero que les queda en un bingo; o asaltarán una farmacia (en realidad es todo tan amable y tierno que dejarán dinero en el mostrador tras el atraco para que se vea que son personas de bien) sólo para proveerse de las medicinas que precisan. El episodio del bingo es uno de los más simpáticos de la novela, aunque tal vez uno de los menos verosímiles, sin que deba desvelar aquí el porqué, para que sea el lector quien descubra y juzgue por sí mismo el (casi feliz) desenlace. 

El humor que recorre todo el libro tiene momentos verdaderamente memorables, como cuando tratan de explicarle a Fina que están en San Miguel de las Dueñas, en León, pero en realidad están en Poblet. Fina se da cuenta de que todos los que yacen allí enterrados son reyes de la Corona de Aragón (Alfonso V, Martín I…) y tienen que decirle entonces que esos reyes igual murieron allí, en León, mientras estaban de veraneo “buscando el fresquito”, porque en Aragón “hace mucho calor en verano, un verdadero infierno, mientras que aquí se duerme con manta todo el año”; o cuando la propia Fina cree estar en Ponferrada (otra de las etapas del camino de Santiago que ella sabe que deben cubrir), pero la ciudad en la que se encuentran es Montblanc, camino de Tarragona. Fina ve el nombre de la ciudad -Montblanc- “impreso en acero Corten de gran tamaño” y cuanto todos creen que fatalmente va a descubrir el engaño urdido y darse cuenta de que no van camino de Compostela, les dice que “lo último que esperaba encontrar en el castillo de los templarios de Ponferrada es publicidad de una marca de bolígrafos y estilográficas”.  

Al final del libro se conocerá el pasado de Julio y se verá si Dorita y Fina alcanzan o no sus objetivos y qué va a ser lo que a Carmen y a ellos les espera y depara el destino. Joaquín Berges cuenta una historia entrañable y divertida, y la cuenta muy bien, con un dominio absoluto de la técnica y un manejo acertado del suspense y la intriga. Berges es un novelista con verdadera vocación por contar, porque como dice Dorita al terminar el viaje: “No olvides que sólo sucede lo que contamos. Lo demás es simple realidad destinada a olvidarse”.