Presentación de

Nos robaron la juventud

de VÍCTOR AMELA.

Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, 19 de febrero de 2020

 

 

  Los testimonios orales hace tiempo que se incorporaron a los libros de historia. La historia oral es la especialidad dentro de la ciencia histórica que utiliza como fuente principal para la reconstrucción del pasado los testimonios orales. Tal vez el gran precursor, como todo el mundo sabe, fue Ronald Fraser, autor de una gran historia oral de la guerra civil española con el título de Recuérdalo tú y recuérdalo a otros (1979), obra que supuso la primera gran utilización de las fuentes orales para explicar una época histórica concreta, en aquel caso la de la guerra civil española. Fraser recorrió España entre 1973 y 1975 y entrevistó a más de trescientas personas, desde aristócratas y terratenientes, hasta jornaleros, obreros, empresarios o sacerdotes. 

        Tras Fraser, otros siguieron su ejemplo, y estaría bien recordar aquí otro gran libro de testimonios orales: ‘Requetés. De las trincheras al olvido’, de Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga, publicado en 2011, un libro de entrevistas a carlistas sobrevivientes de la guerra civil, a esos carlistas que fueron a la guerra y dieron sus vidas por Dios, por la Patria y el Rey: por un Dios en el que había que creer mucho para tratar de comprender que hiciera oídos sordos a la situación de grave injusticia social en que se vivía entonces en España; por una Patria que los había condenado a ser en buena parte siervos de la gleba y carne de cañón en todas las guerras; y por un Rey al que ni conocían y que sería con toda probabilidad un señorito calavera. Pero carlistas habían sido sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos, sus familias habían ya peleado en la última guerra carlista y aún en las anteriores, y la tradición pesaba mucho: eran lo que habían sido sus antepasados, sin complicarse más las cosas, por respeto a la Iglesia y a sus mayores. Eran casi todos ellos pobres, muchos de familias campesinas de los pueblos de Navarra (pero también del País Vasco, de Cataluña, de Andalucía…) a los que vaciaron casi por completo, pues en no pocos pueblos navarros se presentó voluntaria la práctica totalidad de los hombres entre 15 y 65 años, y hubo que pedirles que al menos algunos volvieran al pueblo para ocuparse de las labores del campo. Eran en realidad nuestros muyahidines, los encargados en la España de 1936 de hacer la guerra santa. Y es por eso que no les gustaban demasiado ni los falangistas, que no hacían la guerra por Dios como ellos, ni los tabores de regulares llenos de infieles, ni los legionarios, «unos tíos barbudos, tatuados, puteros, borrachos… que habían pasado de África y que les daba igual matar a su padre que a María Santísima», como recordaba en el libro el carlista de Sangüesa Miguel Arbea.

         Víctor Amela, heredero de esa tradición, ha escrito otro gran libro de testimonios orales, en este caso de los sobrevivientes de “la quinta del biberón”. Hacia el final de la guerra, 27.000 muchachos, muchos de los cuales aún no tenían ni 18 años, fueron reclutados por la República para guerrear, sin formación militar ni preparación alguna, obligados a salir de sus casas llevándose cada uno una manta, una cuchara, un plato… y sus propias alpargatas. Así hicieron la guerra. Muchos de ellos morirían en la batalla del Ebro, y los supervivientes acabarían en presidios o campos de concentración y cumpliendo luego un larguísimo servicio militar en el bando de los vencedores. En todos los casos, por tanto, se les robó la juventud. Amela ha entrevistado a veintitrés anónimos miembros de “la quinta del biberón”, de la que también formó parte su tío Josep -o Pepito- como atestiguaba un balazo en su pecho. Su tío es uno de los grandes protagonistas del libro, y su hilo conductor durante buena parte del mismo, y después de cada testimonio Amela introduce al siguiente entrevistado, escribe sus impresiones y recuerda a su tío y las cartas que éste escribió. Éste nunca quiso contar nada ni hablar de la guerra, ni apuntarse siquiera a la agrupación que se formó con los “biberones” sobrevivientes, y Amela descubre en el libro la razón de todo ello, que no debo desvelar ahora, porque deberán ser ustedes quienes la descubran.

         Entre esos 23 primeros testimonios (Amela les incita a hablar, a contar cosas, pero nunca juzga ni interfiere en sus recuerdos) hay muchos desoladores: el de Joan Guasch, que perdió una pierna ya con 18 años y cuando volvió de Francia todos lo evitaban en su pueblo: era un pobre cojo y rojo.

         El de Eduald Vila, que cuenta que de los 800 miembros de su batallón, a la semana de cruzar el Ebro sólo quedaban 350. Nunca ha podido ver ya una película de guerra.

         El de Pere Godall, que, a falta de agua, llegó a beberse su propia orina. Dos compañeros se automutilaron disparándose en una pierna, pero la pólvora impregnada junto a la herida los delató. Los fusilaron y a Godall le tocó estar en el pelotón. Pidió ser relevado y se lo concedieron.

         El de Vicenç Ibáñez, que, después de 81 años guardando el secreto, da el nombre de un delator por quien asesinaron a la persona que delató.

         El de Santiago Pujol, que a quien más miedo le tenía era al comisario comunista, que te pegaba un tiro si retrocedías.

         El del camillero Pere Torrents, que hizo toda la guerra con la misma camisa y las mismas alpargatas con las que salió de casa. Aún tiene pesadillas con los que morían en la camilla. Se colgaban bolas de alcanfor del cuello para soportar el hedor terrible de tantos cadáveres sin enterrar. Cuenta que una vez estaban tres en una trinchera y a pocos metros agonizaba un soldado enemigo. Ese soldado llevaba reloj. Los tres se miraron para ver quién se quedaba con el reloj. Torrents, tumbado en un hueco que él mismo excavó, levantaba un brazo o una pierna para que lo hirieran y así ser evacuado. Y cuenta también algo tremendo: la imagen de la cremallera de su cazadora tiñéndose de rojo cada vez que la subía: era la sangre de los piojos que había en la cremallera.

         El de Francesc Pedrol, otro camillero, “camillero de compañía”, que eran los de primera línea, los que corrían riesgo de verdad. Luego estaban los “camilleros de batallón”, que estaban en segunda línea, y finalmente los “camilleros de brigada” en tercera línea. Pedrol recogía los heridos de noche y, como había sido pescador, iba delante y se orientaba con las estrellas. A los que se morían en la camilla los dejaban en el suelo y volvían al frente en busca de otros heridos. Luego llamaban a los fortificadores para que los enterraran, pero no siempre era posible. Dice que el aire, sobre todo después de llover, se impregnaba de olor a muerto.

         El del cura Josep Llauradó, que era seminarista cuando lo llamaron a filas, aunque por supuesto sus compañeros nunca lo supieron. Estuvo en el ataque a la famosa cota del Merengue: de 120 de su compañía sólo quedaron 18. Se queja, como tantos de que los políticos se quedaron en sus casas de Barcelona, luego salieron hacia la frontera con sus cochazos, y mientras habían mandado a la muerte a miles de críos.

El de Pere Pastallé, a quien Amela entrevista el día en que cumple 99 años, en julio de 2019. Le dice: “Yo no me he enfadado nunca”, como el Pastor de Andorra, pensé yo.

El de Josep Sanahuja, para quien lo peor fue la sarna, los piojos, la sed espantosa, la suciedad de semanas, las agotadoras caminatas con la ametralladora a peso… También se queja de que la República mandara criaturas a morir.

El de Andreu Canet. En su primera batalla, en el frente del Segre, de 130 volvieron 48. También se bebió sus orines, con los que llenaba la cantimplora. Un día bebieron de una balsa putrefacta y luego descubrieron en el fondo el cadáver de un soldado. Critica a las Brigadas Internacionales, a las que suplió en Amposta. Allí sí se estaba bien, dice. Las BI tenían buena comida, bebían bien…y luego los homenajes se los han hecho a ellas, “mientras que a nosotros, NADA”. Dice que el mundo está lleno de vividores: “Yo luchaba y, mientras tanto, mis gobernantes me obligaban a pagar los sellos de las cartas que enviaba a mi madre”.

 O el de Jaume Vallés, que recuerda que en El Vendrell mataron a 13 monjes que cuidaban a tuberculosos en el sanatorio de la playa. Monjes jovencitos que no habían hecho nada. Tres socialistas de peso de la localidad dijeron entonces: “Esto nos hará perder la guerra”.

Algunos tomaron las armas por voluntad propia, como Miquel Morera, que con 16 años se fue a la guerra con su padre, y en un nido de ametralladoras mató ¡¡¡a más de 50!!! Cuenta la retirada de las prostitutas del frente por orden de Durruti (el responsable de llevar a cabo la orden fue Mosén Jesús Arnal. Esto no lo cuenta Amela, pero se lo cuento yo) Se decía: “Quien mal anda… va a Calanda”, porque allí estaba el hospital de venéreas. Y como Tàrio Rubio, que estuvo ocho años preso, de los 18 a los 25, y culpa a la Iglesia Católica de bendecir los fusilamientos: “Metían los crucifijos en los morros de los condenados en vez de evitar que los matasen”.

También hubo “biberones” con Franco, a los que se llamó “la quinta del Pelargón” (que era la marca de una leche en polvo) y ahí se nos habla del requeté catalán y del Tercio de Nuestra Señora de Monserrat. Uno de sus fundadores, Cunill, igual que le sucedió a Sánchez Mazas, sobrevivió a su fusilamiento.

         Estos son algunos de los testimonios de los “biberones” anónimos. Pero están también los testimonios de los “biberones” famosos. El de Joan Brossa, que hizo la guerra con el Romancero Gitano en el bolsillo y que le habló de su pasión por Lorca. El de Joan Perucho, también de 1920, pero que se libró de ir a la guerra por una enfermedad. En la entrevista con Perucho, no se habla de la guerra. Solo de libros y de bibliofilia y me siento muy próximo. Yo también conocí a Perucho y también hablamos mucho de libros los dos. O el de Alejandro Finisterre,  el editor que inventó el futbolín y que tuvo negocios con el gran Pedro Luis de Gálvez, consistentes en vender poemas a escritores conocidos. Si le daban algo, irían a medias. El primero fue Wenceslao Fernández Flórez, que se quedó con sus versos y le dio 200 pesetas, que repartió con Gálvez.

         Es muy emotiva la historia de los papeles del biberón Juan Gonzalvo, perdidos en la guerra y milagrosamente recuperados y devueltos a su dueño, que vivía en Zaragoza.

         Y finalmente nos queda el último capítulo: el de los biberones aragoneses. Esa clasificación no estaba prevista por Amela, pero en Zaragoza debemos hacerla. En su libro salen dos: Edmón Vallés, de Mequinenza, autor del muy conocido -por quienes amamos los diarios y los libros de la guerra- Dietari de guerra, un libro publicado en 1980, ocho meses antes de morir su autor con 60 años. Vallés fundó la revista “Historia y Vida”, muy importante en su momento, y publicó algunos cuantos libros muy populares sobre la historia de Cataluña en imágenes, la cultura contemporánea en Cataluña, las imágenes de la Cataluña autónoma, o la Generalitat de Cataluña en la historia. Todos ellos tuvieron ediciones patrocinadas por Cajas de Ahorros catalanas, con lo que su difusión fue extraordinaria. Los tengo todos. Su dietario de guerra lo dejó en Marsella tras la guerra y muchos años más tarde lo recuperó y decidió publicarlo añadiendo algunos comentarios a pie de página.  En él habla de todos los libros que lee desde que lo reclutan en abril del 38 hasta el final, en el 39. Y Amela antologa y espiga en su libro algunas de las entradas de ese diario.   

Y el otro aragonés que sale en el libro es Mariano Constante, natural de la localidad monegrina de Capdesaso, igual que el gran cantador de jotas José Antonio Villellas, muy conocido en Aragón y autor de tres libros muy leídos sobre sus experiencias en el campo de concentración de Mauthausen: Los años rojos. Españoles en los campos nazis, Yo fui ordenanza de los SS y Republicanos aragoneses en los campos nazis. Murió en Montpellier en enero de 2010 y era el último de los dirigentes republicanos españoles que sobrevivieron a Mauthausen que todavía quedaba con vida. Constante, además de esos tres libros, que son sus libros más conocidos, publicó algunos otros y uno de memorias, muy raro, que le editó la editorial ANUBAR, del gran catedrático medievalista aragonés Antonio Ubieto Arteta. Se titula La maldición y se publicó en Zaragoza en 1988. Como Amela no sabe bien del todo cómo es Genoveva y cómo son sus amigos en Zaragoza, aquí tiene este libro de Mariano Constante, para que cuando vuelva a Barcelona sólo diga una cosa: “Oye, estos de Zaragoza, son la hostia”.