David Trueba, Mi 69, Barcelona, Editorial Anagrama, Nuevos Cuadernos Anagrama, 2025.

 

 

EL AÑO EN QUE NACIÓ DAVID TRUEBA

Turia, Nº159, julio-octubre, 2026

 

David Trueba ha escrito un libro, Mi 69, para recordar y recorrer el año de su nacimiento, ese 1969 en el que el hombre llegaba a la Luna, el príncipe Juan Carlos se convertía en sucesor de Franco a título de rey, y Serrat lanzaba su disco dedicado a Machado y componía Penélope. Pero es mucho más que eso: es una extraordinaria biografía de la familia Trueba en aquel tiempo y aun en los anteriores, pues nos habla de sus padres (de cómo se enamoraron el Rodri y la chatarrera), de sus abuelos y sus hermanos, de ese cosmos -hoy casi inimaginable- de una familia numerosa española de los años del desarrollismo.

En marzo de 1969, cuando David Trueba andaba por su tercer mes de gestación (pues sus padres lo engendraron en la Nochevieja de 1968 después de ceder al único lujo que podían permitirse: beberse en familia unas botellas de sidra El Gaitero), Franco entregaba el Premio Nacional de Natalidad a unos campesinos canarios que habían tenido diecinueve hijos, de los que, cuando acudieron a la recepción en el Palacio de El Pardo, vivían todos menos uno. Lo de los Trueba, sin llegar a esos extremos, tampoco era moco de pavo: David era el octavo hijo de unos padres que habían tenido que convertir su piso en una casa de huéspedes para tratar de completar unos ingresos siempre escasos. A esa España, con una media de unos tres hijos por mujer, vino David Trueba en 1969. Tener entonces un hijo, nos dice el escritor, era por tanto "casi una vulgaridad", lo que le ha hecho siempre "ser bastante prudente" a la hora de darse importancia, como escribe con su humor característico.

Recuerda Trueba cómo se conocieron sus padres, cómo se hicieron novios y cómo se casaron en 1951 en la iglesia de Nuestra Señora del Buen Suceso. A su padre, mutilado de guerra, le correspondía por ello una portería. Y la tuvieron. Era un bajo con letrina pero sin baño, por lo que su progenitor iba a ducharse a la casa de baños de Cuatro Caminos. Había sido Policía Armada y a los 50 años se prejubiló y se dedicó a vender de todo, desde pólizas de El Ocaso hasta joyas o electrodomésticos. Mostró siempre un sincero desprecio por el dinero y Trueba heredó de él la aversión a la codicia "como una forma de prudencia: de nada en demasía". Era "fantasioso y atropelladamente inconsistente", mientras que su madre, la gran protagonista del libro, todo amor, sacrificio y energía, era "responsable y delicadamente rigurosa".

Su hermano mayor, Juanjo, le sacaba 18 años, estudiaba brillantemente Medicina (se especializaría en Estados Unidos en cirugía cardiovascular), escuchaba a Joan Baez y Paco Ibáñez (que en aquel 1969 iba a llenar el teatro Olympia de París) y a los dos hermanos que le seguían -y con los que formaba una pequeña tribu muy unida-, Maxi y Fernando, les enseñaba que Franco era un "facineroso". Moriría cuando apenas tenía 27 años. A estos tres hermanos mayores les seguían luego, ya algo distanciados, Javi, Carlos, María Isabel (la única chica, a la que su padre le cantaba la canción de Los Payos del mismo nombre) y Jesús. Javi, nos cuenta su hermano, era el más indómito y sometía a Carlos, dos años menor y que era bueno, tímido y discreto, a todo tipo de torturas infantiles.

En esta especie de autobiografía, sus hermanos juegan un papel muy destacado. Juanjo tenía un amigo del barrio, un tal Carrasco, que llegó a robar el descapotable rojo del príncipe Juan Carlos. Se dio unas vueltas con él, se hizo fotos para inmortalizar su hazaña, y luego lo dejó abandonado en cualquier sitio. Y Maxi fue el primero en enfrentarse abiertamente a su padre por llevar el pelo largo. Tenía una gran habilidad con las manos, llegando a moldear figuras de los personajes de Walt Disney para la propia factoría. Con ellas se fabricaban las esculturas que luego se repartían por muchas ciudades de todo el mundo. Maxi, que sería el padrino de bautismo de David, se convertiría en escultor y discípulo del aragonés Pablo Serrano y trabajaría siempre con piedra de Calatorao. Murió en un accidente de tráfico con 42 años.

Son excepcionales las páginas que dedica a la casa que sus padres se construyeron en la sierra, una casa muy humilde que durante mucho tiempo no tuvo agua corriente, luz ni gas. Se bañaban en una poza del río y en invierno calentaban las camas con bolsas de agua caliente. Su madre pasó en esa casa el verano de su embarazo de David y solo volvió a la ciudad dos días antes de dar a luz. Y también son admirables las páginas en las que recuerda las visitas de sus tíos de América, que llegaban a España cargados de regalos. Estos parientes fueron los que les compraron a sus padres su primer frigorífico y ejercieron una gran influencia en su hermano mayor. Trueba lleva su nombre por el último de sus cuatro hijos, que se llamaba David.

El recorrido por aquel año 1969, el del caso Matesa, la muerte de Judy Garland y el Festival de Woodstock, nos trae muchos recuerdos que creíamos olvidados. Se habla en el libro del levantamiento en abril del estado de excepción, de la muerte en comisaría del estudiante Enrique Ruano, o de la salida a la luz de los "topos", aquellos hombres que llevaban escondidos desde la guerra y que, al aprobarse también en abril el decreto por el que se consideraban prescritos los posibles delitos cometidos durante la Guerra Civil, quedaban libres de cualquier responsabilidad. Sender ganó aquel año el Premio Planeta y Vargas Llosa publicó Conversación en La Catedral. En ese 1969 Jorge Herralde fundó la editorial Anagrama, en la que Trueba publicará sus libros, y a Luis Buñuel le otorgaron el León de Oro a la Trayectoria en el Festival de Venecia, en el que presentó La Vía Láctea. Recuerda lo que hacían ese año tres de sus grandes amigos: Juan Luis Galiardo (que sufrió por aquellos días uno de sus brotes psicóticos y fue ingresado en el manicomio de Carabanchel), Rafael Azcona y Fernando Fernán Gómez; que Jane Birkin y Serge Gainsbourg habían grabado Je t'aime... moi non plus; y que triunfaban en taquilla películas como No somos de piedra, La ciudad no es para mí y Las chicas con los chicos.

Cuando sus padres viajaban de la sierra a Madrid para que naciera David, les pusieron una multa de tráfico. Su padre, indignado y furioso, la rompió en pedazos y la tiró allí mismo. "Quizá llegué para darles (a sus padres) una brizna más de determinación", escribe Trueba. A partir de entonces se hicieron "más firmes y no se dejaron avasallar". El 10 de septiembre de 1969 nacía David Trueba, a las 6 de la mañana. Tal vez le venga de ahí el que siempre haya sido madrugador. A los pocos días, los padres y los ocho hermanos se hicieron la única foto en la que están todos juntos. Todo esto y mucho más encontrarán en este libro autobiográfico y personalísimo, que mira con amor y piedad una época oscura que muchos vivimos sin saber que podía haber una vida mejor.